Yo estaba descalzo. Me iba a morir, no había dudas. La bendita heladera
Siam, que nunca quise cambiar porque había pertenecido a mis padres,
me iba
a matar de una descarga.
Verdad es que muchas veces, la misma heladera me había voleado lejos.
Una
vez, en busca de una soda para cortar un vino solitario (vivo solo en un
cuarto de pensión, eso lo sabe quien me frecuenta y ya no me frecuenta
nadie), me reboleó al demonio ese demonio de heladera. Yo había
agarrado la
soda, y, con los pies descalzos, como es mi costumbre, estaba por cerrarla.
Pero el aparato, encabritado conmigo, me miraba con ese resentimiento que
tienen las cosas viejas que se niegan a ser tiradas a la basura: dicho y
hecho, obró a su antojo y me descerrajó una patada tan fuerte
que mi grito
lo oyeron por toda la pensión.
También es verdad que era horrible, jamás vi una heladera tan
mala y de tan
mal aspecto. Se le caían los gajos de pintura por todos lados, y a
los
costados tenía manchas negras. Luego de la muerte de mis padres, me
la llevé
conmigo. Hablo de una punta de años, ya tengo (o mejor dicho, tenía)
78
años. Mis padres murieron cuando yo tenía cuarenta, lo que equivale
a decir
que murieron cuando uno comienza a necesitarlos. Se murieron prácticamente
juntos, porque se habían amado y odiado durante toda su vida, así
que a lo
mejor, se necesitaban también para morir. Mamá no funcionaba
con papá, sin
papá tampoco. Eran todo lo que conocían. Por eso necesitaban
morirse juntos.
Yo nunca fui muy bueno con los números, y entonces, me refalé
toda la plata
que me dejaron (que no era mucha) en el casino. Estaba casado por esos días,
y no sabía que hacer con la plata, y como nunca la tuve, preferí
perderla.
También me dejaron la casa, que vino a ser como una especie de confort
distinto: mi mujer y mis hijos pudieron instalarse dignamente por primera
vez en sus vidas en un lugar cómodo. Antes de que murieran mis viejos,
mi
madre me había anticipado que fuera mudando las cosas. "Soy una
mujer vieja
y me voy a morir pronto. Eso es la realidad. No te apenes, hijo".
Hasta ese entonces yo había vivido en un departamento dos ambientes
de la
calle Callao. Me costaba mantenerlo, pero trataba de hacer en la CADE todas
las horas extras que podía.
Después subieron los milicos, y yo que era técnico inspector
me la pasaba
puteando porque soy y era peronista, mejor dicho, porque era peronista, y
me
mandaban a controlarle la luz a los paquetes de Barrio Norte. Una vuelta
estaba por el barrio y una señora se me puso al lado de la tapa de
luz, era
una mansión lo que tenía por casa y debía tener un consumo
de regular a más
o menos mucho, porque eran las seis de la tarde y por toda la cuadra se oía
su televisor y se veían no menos de ocho luces (de más de sesenta
watts, por
lo menos) prendidas.
La señora se me puso adelante del medidor y no me dejaba registrarlo,
y yo
trataba por las buenas de sacarla: en un revire se enfureció y me dijo
de
todo un poco, mentándome de paso la madre, que por aquél entonces,
todavía
la tenía viva y sana. La corrí de un empujón y destapé
el medidor: Ahijuna
con la lobuna, como decía mi viejo. Gato encerrado. Debajo del medidor,
"chanchito" como decía mi amigo el chileno, había
un imán. No, si algunos
zorros no engordan cazando.
Fue entonces que saqué el talonario y le fajé un informe con
inspección por
toda la casa a cargo de un comisionado de la CADE. Y aquello iba a ser mi
muerte, mi tumba, mi sepulcro, así que no importa mucho que yo me haya
muerto ahora, porque ya me morí antes.
La señor me dijo: ¿Usted sabe de quién es esta casa?
- No - le respondí. Pero no me interesa.
- Esta casa es del contraalmirante Smith. Usted va a tener problemas. ¿Cuál
es su nombre?
- Buyot. - Le respondí, sin darme por aludido ante el nombramiento
de tan
alto personaje - Guillermo Buyot.
- ¿Usted sabe que hay gente que desaparece, verdad?
- ¿No los mataban en las guerras a los desaparecidos?
Dicho esto, dio media vuelta y se fue. Yo seguí tranquilamente con
mi
revisión diaria.
Al llegar a casa noté que algo andaba mal. Ni bien abrí la
puerta, me
martillaron un arma en los sesos. Mi mujer y los chicos estaban atados
cabeza abajo, y creo que el menor tenía sangre en la nariz. A lo mejor
se
había golpeado.
- ¿Guillermo Buyot?
- El mismo.
- Tiene que acompañarnos.
- Claro que voy. Todo se logra por las buenas.
Y los acompañé. Mejor no hubiera ido.
No me torturaron, no. Vi torturar a mucha gente, pero a mí no me torturaron.
A mí me jodieron, compañero.
Una vez adentro del centro clandestino de detención me detuve a mirar
presos. Uno de ellos me gritó:
- ¡¡Soy Alejandro Guzmán, y me van a asesinar!! ¡¡Soy
de la
Plata..calle dieciocho y uno!!
- Ah, disculpe, compañero, yo tengo muy mala memoria, le dije. Y a
otra cosa.
De repente llegamos a un salón donde estaba el de los galones. No
me dijo su
nombre, pero lo vi hace poco por televisión: pobre muchacho.
- ¿Así que vos sos uno de los zurditos que vienen a desestabilizar
el país?
- Me confunde con otra persona. Yo no soy zurdo.
- ¿Ah, no? Sos peronista igual que los otros negros.
- Soy peronista pero no de convicción así como así cerrada
cerrada.
Mire, yo antes era Radical.aparte ¿qué tiene de malo ser un
poco peronista?
Si ustedes están en el gobierno gracias a una peronista y un radical.
En ese momento me dieron un golpe que me rompió un diente, aunque
a lo mejor
me caí.
- No te hagas el piola. ¿Sabés por que estás acá?
- No.
- Porque te quisiste hacer el vivo con la esposa de un
contraalmirante.
- Yo no me quise hacer el vivo, usted disculpe. Yo soy un señor
casado, con hijos.
- La irrespetaste y le quisiste poner una multa.
- Aclaremos, dijo un gaucho, tocándole el culo a un negro.- el
chiste lo hizo reír- Yo le dije a la señora que tenía
un imán debajo del
contador. Eso está mal y es contra la ley.
- La ley no se aplica a la señora del contraalmirante.
- Ahh.cabáramos.. ¿Y por qué no avisan? Si me avisan
estamos entre
amigos, no hay necesidad de violencia, no hay necesidad de malos tratos.el
pibe más chico mío tenía un golpe en la cara. Seis años,
tiene.¿qué tuvo que
ver en todo esto?
- ¿Vos no serás medio judío, no? Buyot es un apellido raro.
- No, es eslovaco, pero soy católico apostólico romano.
- Vos sos judío. A ver, pónganlo en bolas a este judío
y vamos a ver
si nos dice la verdad o nos miente.
Y me desnudaron. Se dieron cuenta que no soy judío. Yo creí
que con eso iba
a bastar, pero no.lo peor estaba por venir.
- ¿Hay libre alguna celda sin compañero? - preguntó
el de los
galones.
- No.
- Entonces métanlo con los otros, para que se vaya haciendo idea de
cómo es joder con la autoridad.
- Pero señor.
- El señor está en los cielos, y lo crucificaron ustedes, judío.
Marche derecho y sin chistar, a ver si se le aclaran las ideas.
Al llegar a la leonera me empujaron al suelo, aunque a lo mejor me tropecé.
Al rato trajeron a uno que vomitaba que daba calambre y tenía unos
espasmos
así como eléctricos. Estaba muerto de frío y de sed,
y olía muy mal.
- Agua.necesito agua.
- No - le dijo otro - no tomes agua. Aguantate porque te va a
explotar el corazón. Te dieron con todo.
- Mamá.¿donde estás mamita?- decía otro
Y cosas por el estilo. Otro de los que estaban por ahí ya estaba loco.
No se
podía quedar quieto. Por suerte lo sacaron, dijeron que lo iban a largar,
pero se me hace que ni bien lo largaron se las picó para otro país,
porque
vi su foto en uno de los carteles de las viejas que rondaban plaza de Mayo.
- ¿Y vos? ¿Quién sos?
- Calláte, mierda - dije yo. Y me di vuelta contra la pared.
Cuatro años viví ahí adentro. Ví cosas que no
quiero contar, pero que a lo
mejor fueron justas, porque muchos de ésos muchachos andaban en cosas
raras:
ponían bombas, mataban oficiales y eso. A mí nunca me torturaron:
decían que
no tenía nada para decir y que no valía la pena. Decían
que era un boludo
entre los vivos, aunque cuando traían a algún torturado decían
que yo era un
vivo entre los boludos.
Se fueron acostumbrando a mi presencia. Al año me dejaron ir al baño
solo, y
no tenía que estar de plantón, todo el día, como los
otros, parado al rayazo
del sol. Yo era como un suboficial querido para estos muchachos del proceso.
A los dos años andaba libre y les cebaba mates y les hacía cuentos
de mi
infancia, allá en Chubut, y los tipos se reían, se reían.hay
que ver lo que
son los oficiales cuando se ríen. Se ríen todo el tiempo y no
hay quien los
pare. A los cuatro años y diez días me largaron.
Me fui derecho para mi casa. Mi mujer se había juntado con otro tipo
y había
pedido el divorcio por ausencia mayor a tres años, cosa que le concedieron.
Al no tener yo hermanos, nadie le reclamó la casa, y yo tampoco la
quise,
porque estaban viviendo mis hijos. Lo único que me llevé conmigo
fue la
heladera, que había heredado de mis padres, que murieron de pena mientras
yo
no estaba. Pobres viejos, fui a dejarles un clavel a cada uno en la lápida.
Me fui a una pensión. Cada tanto, la heladera me pegaba patadones,
así que
decidí atarle la manija con un pedazo de goma, para que no me pateara.
Y
esta tarde, sábado 23 de marzo, sólo en la pensión porque
todos se van el
fin de semana a ver a sus parientes, un poco dormido, agarré la heladera
por
la manija y me morí, me estoy muriendo, y estoy escribiendo con la
mente
todo esto que digo en un papel imaginario que nadie nunca va a leer.
Pedro Carbajal
Pedro Carbajal
Capital Federal - Argentina
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