Lucas Sánchez
Kun
Munro, Buenos Aires - Argentina
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| La paleta y sus colores
Opus era un pincel que vivía muy feliz junto a sus otros amigos
pinceles. Él se destacaba por la suavidad de su cerda y la sutil
forma de su mango. FIN |
| Encuentro
Ella lo esperaba ansiosa. Eran las nueve de la noche en punto y no podía estar más sin verlo. Su corazón galopaba a una velocidad estrepitosa. Necesitaba la armonía de su compañía una vez más. El ansiado timbre resonó por todo su departamento. Era él. Corrió casi desesperada a atender el portero eléctrico que se hallaba en su cocina. Atendió y el ruido de la puerta abriéndose confirmo que su encuentro se hallaba cercano. Sin perder más tiempo fue al baño, se miró en el espejo acomodando su pelo como tanto a él le gustaba. Otra pequeña dosis de su perfume favorito se impregnó en su cuello. La puerta se golpea dos veces sutilmente, señal de que el la estaba esperando. Se tranquilizó, dio unos pasos seguros y abrió la puerta. La figura de su amado se recortaba con las anticuadas luces de su pasillo. Lo besó, como siempre lo besaba; apasionada y dulcemente. Ingresaron a su casa, deseosos de comer esa deliciosa comida que ella preparaba con satisfacción. Esa fue la excusa de su encuentro. Pero así estaba planificado. Pasaron horas y horas hablando. De la vida, de las obligaciones de cada uno, de historias que alguna vez supieron vivir juntos, de amigos, de la familia. Conversaron de todo lo que podían conversar. Aunque en el fondo eso no les importaba tanto. Ambos estaban ardiendo por dentro, aguantaban, querían que el lecho otra vez fuera su compañía. El se le acercó y le dijo las cosas más bellas al oído. Ella sonreía y se sonrojaba. Su piel se erizaba lenta y copiosamente. Sus manos se unieron por encima de la mesa. Sus dedos se entrelazaron. Vivían cada instante sólo como un amante lo puede vivir. El estaba seguro de lo que quería, y se lo demostraba en cada palabra, en cada gesto, en cada mirada profusamente indicada. Sendos caminos estaban unidos por ese instante perfecto, único. Él le hizo una propuesta y sus pupilas tomaron brillo. Y las de ella también. Se incorporaron, y se abrazaron. Ese abrazo fue el símbolo del porque estaban juntos. Ambos se querían, se amaban con el corazón abierto. Lluvia de sentimientos se transmitían casi telepáticamente uno a otro. Era tan perfecto que parecía un sueño. Pero era realidad pura. Ahora era ella quien le decía dulces palabras de amor al oído a él, que escuchaba atentamente pero sin sonrojarse; así demostraba que él era dueño y autor de las cosas que ella le decía. El abrazo se vio interrumpido. En esta ocasión era el quien le daba besos en el cuello a ella. Sutilmente fue recorriendo desde el mismo hasta la clavícula, provocándola. Sus manos lentamente desabrochaban los botones de la camisa de la dama encantada, mientras ella le tocaba el rostro; como un ciego lo rastreaba e indicaba que su cara era perfecta, nítida. Cambio de roles. Ella le desabrochaba los botones a él, cosa que lo excitaba en exceso. Él ya le había sacado la camisa y comenzó a besarle el esternón, sin apuro corrió los breteles del corpiño y después con un gesto imperceptible se lo quitó. Acto seguido, ella le desajustó el cinturón y le bajo el pantalón con delicadeza mientras besaba su vientre. Las medias de ambos se revolearon ferozmente quedando dispersas por el living. El la tomó con ambos brazos y la hincó sobre su pecho trasladándola hacia el cuarto. Sin darse cuenta ambos se hallaban acostados sobre la cama. El se posicionó de costado y ella recostada. El le acariciaba todas sus curvas, jugaba con su pelo mientras ella lo miraba con admiración. Entonces hubo un cambio brusco en la escena. Ella se incorporo y se subió encima de el. Las palpitaciones de ambos volaban por el aire mientras se frotaban en ese estado hipnótico que los tenía atrapados. Completaron de desvestirse y entregaron sus cuerpos al juego de las almas. FIN (¿o es solo el comienzo? |
| El hada
Alenka era una chica normal. Asistía al colegio a diario, se
juntaba con sus amigas, practicaba algún que otro deporte, se
divertía bailando durante toda la noche sin pensar que el tiempo
pasaba. Supo conocer jóvenes de su edad que no satisfacían
su vacío. Cuando caía la madrugada, le contaba a su almohada
las cosas que había vivido durante el día. Y lloraba.
Lloraba porque en sus dieciséis años de vida no pudo conocer
el amor. Lo intentaba, no era idiota; pero no lo lograba. Fue entonces
en su cuarto, una tarde de primavera cuando se encontró con un
ángel. Se sorprendió ante tal acontecimiento, sin embargo
supo mantener la calma. Y entabló un diálogo con él.
FIN |
| Bizarro
El tren había olvidado cuatro estaciones atrás al amor
de su vida. Ahora tenía que enfocarse en lo que realmente le
interesaba. Llegó a su casa, abrió la añeja puerta
de madera y tras ella se asomó el living. Todo desordenado como
de costumbre. Avanzó esquivando la ropa despojada en el suelo
hacia la heladera, la abrió, tomó el cadáver envuelto
en una bolsa de consorcio y la llevo de vuelta al living. Desató
el nudo de la bolsa, y sacó el inerte cuerpo. Lo apoyó
sobre el suelo y colocó nueve velas negras alrededor del mismo.
Las encendió y comenzó a susurrar una plegaria. Invocaba
al mismo Dios, Alá y Buda; Satanás y la virgen María.
Todos ellos corrieron a su encuentro. Buda, Alá y Dios optaron
por contemplar silenciosamente la escena, María tenía
los ojos vidriosos y estaba como a punto de acotar algo, pero permaneció
en silencio. Satanás se reía en forma perspicaz y desaforada.
El refusilo rugió una vez más y las paredes temblaron
al igual que el piso. Había un aire a desazón en el ambiente,
no por el hecho de haber encontrado a todas esas figuras en un cuarto
desolado del micro centro, sino por el propósito del mismo. Era
macabro, perverso y hasta atrevido. FIN |
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